Leyendo Barrapunto, me he encontrado el siguiente fantástico extracto sobre la creación de la vida (es un poco largo, pero creo que vale muchísimo la pena):
Casi todos los rincones de esta vieja Tierra están llenos de vida; vida en una fantástica variedad de tamaños, formas, colores, sonidos y olores. ¿Cómo comenzó la vida? ¿Se desarrollaron todos los seres vivos a partir de una sola molécula de carbono, o de muchas moléculas diferentes, formadas independientemente? ¿Siguen formándose todavía en la Tierra esas moléculas? Nadie puede pretender que conoce las respuestas. Pero por primera vez en la historia se ha acumulado suficiente información en los campos de la biología, la física, la química y la geología para justificar especulaciones serias sobre el origen de la vida.
La mayoría de los bioquímicos y geólogos de hoy día están convencidos de que la vida en la Tierra comenzó hace unos cuantos miles de millones de años, con la aparición en los mares primitivos del planeta de una o más moléculas carbonadas, algo semejantes al ácido nucleico, acaso combinadas con algo parecido a proteínas, y capaces de autoduplicación. La aparición de tal molécula (o moléculas) no requiere —según estos científicos— la intervención de un poder sobrenatural. Puede ser explicada satisfactoriamente a partir de las leyes físicas combinadas con las leyes de la probabilidad matemática.
Esta opinión molesta profundamente a determinados creyentes religiosos. En Estados Unidos hay millones de protestantes fundamentalistas, y su número crece continuamente, que no creen en la evolución. Estos fundamentalistas están convencidos de que hace unos seis mil años, en una serie de estupendos trucos mágicos, Dios creó todos los seres vivos. Millones de otros cristianos devotos, católicos y protestantes, aceptan la teoría de la evolución, pero creen que, en algún momento de la historia de la Tierra, hace varios miles de millones de años, un acto especial de creación divina hizo que la primera molécula viviente (o moléculas) apareciera en la Tierra.
He de confesar inmediatamente que me parece algo profundamente impío, casi blasfemo, poner límites de cualquier clase al poder de Dios para crear las cosas de cualquier manera que Él decida. Si Dios creó un mundo de partículas y ondas que danzan siguiendo leyes matemáticas y físicas, ¿quienes somos nosotros para decir que Él no puede hacer uso de esas leyes para cubrir la superficie de un pequeño planeta con criaturas vivientes? Un dios cuya creación es tan imperfecta que ha de estar continuamente ajustándola para hacer que funcione convenientemente, me parece un dios de baja categoría, apenas digno de culto. La creencia en una creación milagrosa, milagrosa en el sentido de que las leyes naturales son suspendidas momentáneamente por un acto especial de Dios, es lo que yo gusto llamar "la superstición del dedo": la creencia de que Dios viene periódicamente a Su Universo a remendarlo, por así decirlo, de varias maneras. Esta fue precisamente la superstición que hizo tan difícil a los cristianos del siglo XIX aceptar la evolución. Pero cuando la evidencia científica de la evolución llegó a ser abrumadora, al fin quedó claro para la mayoría de los teólogos que no había ninguna razón para que no pudiera ser aceptada; la evolución era sencillamente el procedimiento de Dios para crear nuevas formas de vida.
Hoy es difícil encontrar un solo bioquímico o geólogo, aun entre los más devotamente religiosos, que tenga la más ligera duda sobre la validez esencial de la teoría de la evolución. Puede haber algunas discrepancias sobre los detalles pero ninguna sobre el conjunto.
La cita es de Martin Gardner, en Izquierda y derecha en el cosmos.


